«Aquí la gente que viene con malas pintas es que es buena gente»
En Fundación San Blas convivimos a diario con los trámites, las urgencias, las comidas calientes y la gestión de recursos. Estamos acostumbrados a ver la cara visible de la atención social, pero pocas veces nos detenemos a pensar en las personas que sostienen este espacio desde lo íntimo y el corazón. Para cambiar la perspectiva y mirar más allá de la bata de psicóloga o el rol de coordinadora, nos hemos sentado a charlar largo y tendido con Leyre Bernad, una pieza fundamental de nuestra gran familia.
En esta entrevista íntima y sin filtros, Leyre nos abre una ventana a su día a día, a sus vivencias y al impacto profundo que el sinhogarismo deja en quienes eligen acompañar a los demás.
¿Quién hay detrás de la profesional? Del azar al compromiso absoluto
Aunque hoy resulta imposible imaginar la fundación sin ella, los inicios de Leyre en el mundo del sinhogarismo fueron fruto del destino. Cayó aquí «de rebote», pero al segundo día le propusieron formar parte del equipo de forma oficial. Define la experiencia como «lo mejor y lo peor que me ha pasado a la vez»: lo peor por la inmensa carga emocional; lo mejor por los vínculos humanos que no encontraría en ningún otro lugar.
El peso de la calle y la transformación de la mirada
Trabajar codo con codo con personas en situaciones límite enseña a no juzgar las apariencias y a valorar los privilegios cotidianos. Sin embargo, asomarse a la realidad de la calle —en los recuentos nocturnos o viendo las condiciones en las que malviven algunos usuarios— deja huella. Leyre confiesa que los primeros años la procesión iba por dentro al llegar a casa, imaginando a cada persona soportando el frío. Con el tiempo, la mente activa mecanismos de defensa necesarios para no derrumbarse, aunque la empatía sigue intacta.
La fundación como un hogar y el valor del «tú a tú»
Para Leyre, San Blas no es una oficina burocrática, sino su segunda casa y un refugio compartido. Uno de nuestros mayores sellos de identidad es la cercanía:
«No es una persona que está durmiendo en la calle, es una persona como tú. El trato del tú a tú es lo que al final les hace recuperar la dignidad».
Esa confianza se refleja cuando los usuarios acuden a la oficina no solo a pedir ayuda, sino simplemente a saludar, a pasar el rato o a compartir sus preocupaciones. Saber que prefieren buscar apoyo emocional antes que encerrarse en la desesperanza es la mayor prueba de que el vínculo funciona.
Trabajar codo con codo con personas en situaciones límite enseña a no juzgar las apariencias. Sin embargo, asomarse a la realidad de la calle —en los recuentos nocturnos o viendo las condiciones en las que malviven algunos usuarios— deja huella. Leyre confiesa que los primeros años la procesión iba por dentro al llegar a casa, imaginando a cada persona soportando el frío. Con el tiempo, la mente activa mecanismos de defensa.
En esta entrevista íntima, nos habla sin filtros sobre la carga emocional de acompañar a las personas sin hogar, el aprendizaje vital que deja la calle y por qué, a pesar de todo, este sigue siendo el único lugar en el que se imagina.
¡No te la pierdas!
«No somos un centro de día o una consigna; somos el puente que hace que una persona salga de la calle hacia una inclusión sociolaboral total».
