La noche del pasado martes 27 de octubre, un equipo de 350 voluntarios entre los que estábamos personas pertenecientes a Fundación San Blas salimos a las calles de Zaragoza con Cruz Roja para participar activamente en el dispositivo del II Recuento Nocturno de Personas Sin Hogar en España .
En la Fundación convivimos a diario con la exclusión residencial. Conocemos sus historias, compartimos sus preocupaciones y celebramos cada pequeño paso hacia adelante. Sin embargo, salir a recorrer la ciudad de noche, acercarse a los portales, buscar entre cartones o caminar por la orilla del Ebro para mirar a los ojos a quienes duermen a la intemperie supone un impacto que nos vuelve a dejar profundamente tocadas. No hay rutina profesional que inmunice frente a la crudeza de la intemperie: encontrarse con la fragilidad cara a cara siempre remueve por dentro y nos recuerda por qué estamos aquí.
La realidad en datos: una emergencia que no deja de crecer
Los resultados oficiales del recuento, coordinado por el Ayuntamiento de Zaragoza y Cruz Roja en colaboración con la Coordinadora de entidades para personas sin hogar de Zaragoza, confirman con números lo que venimos palpando en el día a día.
- 382 personas sin techo fueron localizadas pernoctando en las calles de la ciudad durante esa sola noche.
- Supone un incremento del 43% respecto al recuento de noviembre de 2025 (266 personas) y más del doble frente a las 166 de 2023.
- Del total registrado, el 89% de los casos identificados son hombresy el 11% mujeres.
- De quienes manifestaron su procedencia, 7 de cada 10 son personas de origen extranjero, reflejando cómo la falta de red de apoyo, las trabas administrativas y la precariedad extrema expulsan con especial dureza a quienes migran.
- Se realizaron 164 entrevistas voluntarias, que permiten ir más allá del censo numérico para comprender trayectorias vitales, motivos de pérdida de hogar y necesidades urgentes.
Es fundamental subrayar que los datos de este recuento reflejan únicamente la realidad más visible: la de quienes se ven obligados a pernoctar a la intemperie. Sin embargo, estas cifras son solo la punta del iceberg, ya que Zaragoza cuenta con una inmensa cantidad de personas en situación de infravivienda, malviviendo de forma invisible en trasteros, locales comerciales, naves o asentamientos precarios que carecen de las condiciones mínimas de habitabilidad. No se les ve en la calle de noche, pero carecen por completo de un hogar digno, seguro y estable, lo que hace que la magnitud real del problema en nuestra ciudad sea todavía más alarmante y preocupante.
Ante esta situación, las entidades sociales que trabajamos en la atención directa nos encontramos completamente desbordadas. Los recursos actuales son insuficientes para absorber una demanda que no deja de crecer, lo que se traduce en listas de espera para acceder a alimentación, higiene y programas de acompañamiento social. Cada día vemos cómo se dilatan las respuestas mientras las vidas de quienes acuden a nosotros se deterioran. No podemos normalizar esta realidad; es urgente que se aborden las causas de raíz y se garantice que nadie quede atrapado en la espera de un derecho tan básico como es la dignidad y un techo seguro.
Detrás de cada número hay una historia y un nombre
Las estadísticas son herramientas imprescindibles para diagnosticar y exigir respuestas públicas eficaces, pero detrás de la cifra 382 hay personas reales: proyectos truncados, frío, soledad y vidas que reclaman dignidad. El aumento del sinhogarismo está estrechamente ligado a la crisis del acceso a la vivienda, a la precariedad del mercado laboral y a la desprotección que sufren muchas personas en situación administrativa irregular.
Atender la emergencia y cubrir las necesidades básicas de cobijo, higiene y alimentación es vital, pero es urgente atajar las causas estructurales. La calle no es un lugar para vivir, y ninguna persona debería ser invisible en ella.
Desde Fundación San Blas reafirmamos nuestro compromiso de seguir a pie de calle, acompañando, acogiendo y defendiendo que recuperar un hogar y rehacer una vida no es un privilegio: es un derecho ineludible.
